La Patata Tórrida


¿PUEDE HABER EN EL MUNDO ALGO MÁS DESPRECIABLE QUE LA ELOCUENCIA DE UN HOMBRE QUE NO DICE LA VERDAD?
Thomas Carlyle


Arriendo Departamentos en Valparaiso

domingo, 23 de noviembre de 2014

Nota de un viajero anónimo

Autorretrato del autor
1982 óleo sobre tela 46x58 cm.
   
Gonzalo Ríos Araneda

Soy un extranjero. Estoy solo entre desconocidos que ni siquiera sé si realmente existen. Caminan a mi alrededor sin que manifiesten  preocupación alguna, sea  para evitarme, sea para tropezarse insustancialmente conmigo. Decididamente ellos me ignoran. Alguno que me atravesó con su mirada, lo hizo sin detenerse siquiera en la identidad elemental de mi presencia, como hace la luz cuando desnuda las piedras.

Pasan por mi lado sin que se pueda definir el mero hecho de que van a alguna parte. Tal que si tuvieran compromisos propios de gentiles, pululan  con inescrutable obstinación  en los cruces, en las subidas y bajadas, en las entradas y salidas; en los restaurantes y en las plazas. Y lo hacen apenas  sostenidos por una fuerza G que les impide soñar con las estrellas, sujetos como están a la bagatela del vacío, que parece ser su filosofía del estar donde se encuentran.

Caminan solos, aislados, o en combinaciones casuales que se desgranan por doquier, lejos de ellos mismos, ensimismados e intangibles. Entran y salen; o se van y se quedan, caminantes sin destino. Y parece que se anidaran en las estaciones de Metro, porque las llenan de inquietante y frío bullir, semejante a la sorda descomposición de los difuntos.

Sin embargo, un rumor casi imperceptible de goteo cósmico, garantiza  que están dotados de respiraderos de subsistencia, aunque no respondan a la duda de su sustantividad, porque también los  muertos se anidan como moscas en las necrópolis detrimentales, para resolverse en materia orgánica. Pero estos que transitan a mi lado, se aferran a la rutina del estar permanente, porque no quieren morir. Comen, degluten y se acoplan, como si estuvieran condenados a empujar eternamente un peñasco montaña arriba, emulando al  desdichado Sísifo.

Apresuro la marcha anhelando alcanzar la frontera, y suponiendo que no tengo vínculos con ellos.


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