La Patata Tórrida


¿PUEDE HABER EN EL MUNDO ALGO MÁS DESPRECIABLE QUE LA ELOCUENCIA DE UN HOMBRE QUE NO DICE LA VERDAD?
Thomas Carlyle


Arriendo Departamentos en Valparaiso

miércoles, 30 de julio de 2014

El jardín de doña Marina















Gonzalo Ríos Araneda


          Doña Marina había quedado viuda muy joven y llevaba más de tres años viviendo en la soledad de la quinta que le dejó su marido don Hilarión de la Cuadra al momento de su muerte. Situada en el extremo sur del país, la quinta era lo que quedaba de la fortuna de los de la Cuadra. Dato irrelevante si no fuera porque nos informa de la decadencia de una familia típica burguesa de la sociedad chilena de fines de la primera mitad del siglo XX.

          Cuando ya había cumplido los cincuenta años de edad, don Hilarión manifestó ciertos signos de desacomodo social. Esto ocurrió desde el día en que empezó a frecuentar una sociedad secreta que lo alejó irremisiblemente de sus relaciones habituales. Con este vínculo que nunca nadie se preocupó de investigar, se dio inicio al lento deterioro de su  salud mental, a lo que se sumó la inhibición prematura de su sexualidad. Dicen quienes conocieron a la pareja, que don Hilarión era infértil, aunque no pocos sospechaban lo mismo de su esposa; pero lo cierto es que el matrimonio, a pesar de someterse ambos, a tediosos y largos tratamientos de medicina natural, con la esperanza de engendrar un hijo, nunca lo lograron.  En contra de la opinión de sus parientes y por el profundo amor que le tenía a su marido, nunca pasó por la mente de doña Marina volver a casarse; al contrario, guardó penoso silencio y acomodó su libido a la abstinencia con una valentía encomiable, a sabiendas de que su jardinero la miraba con lascivia mientras se desfloraba el durazno que el propio Hilarión, en vida, le entregó en custodia para alegrar a su mujer, sempiterna aficionada a las fragancias de la naturaleza. Después de su  conversión, don Hilarión dejó de asearse con regularidad, se dejó una barba que nunca quiso recortar y empezó a vestir como su jardinero, al que le cambiaba la ropa por la suya. 


          Su desapego fue tan grande por todo lo que le rodeaba, que cayó en melancolía, lo que a la postre lo condujo a la muerte. Falleció a los 53 años de edad, dejando a doña Marina llena de aflicción. Es menester hacer presente que, los restos de don Hilarión fueron reducidos a cenizas, y cumpliendo al pie de la letra un mandato expreso suyo, suscrito, por cierto, cuando aun gozaba de buena salud, estas fueron guardadas en  un pequeño contenedor de amazonita, cuyos brillos verdes, contrastados de estrías amarillas, le daban al ánfora, la extraña sensación fosforescente de estallido lúdico. Fue colocada, de acuerdo a su testamento, en el centro del patio principal de la quinta, más precisamente en un quiosco en forma de pagoda, cuyo techo, agredido por el sol de las mañanas, producía sobre una pared divisoria, una sombra que ondulaba como una serpiente.


        Durante el largo luto que llevó doña Marina, no se le conoció ningún interés que la distrajera de sus cavilaciones, que fue la forma más sublime de rendirle tributo a su marido. Secundada por Leontina, su ama de llaves, se recogía temprano en invierno y nunca muy tarde en verano, salvo cuando recibía visitas importantes que, de tarde en tarde, se asomaban para hacer recuerdos de su esposo.

        Necesario, para redondear con fidelidad esta extraña historia, es informar que el jardinero que le pasaba la ropa a don Hilarión a cambio de la suya, empezó a manifestar también signos inequívocos de alteración de su personalidad,  llegando incluso a insinuar avances indecorosos a doña Marina, quien finalmente debió tomar la decisión de expulsarlo de su casa. Desde ese día, por falta de cuidados, los naranjos y los limoneros empezaron a llenarse de espinas, y el pasto creció desmesuradamente en los alrededores de la casa, terminando por secarse y dándole al lugar una triste apariencia. Pero, según narran algunos vecinos, cuyo único crédito es la unanimidad de sus versiones, el patio principal donde reposaban los restos de don Hilarión, permaneció con sus jardines y sus prados intactos como si fueran atendidos con los mejores afanes del jardinero.  Confirma la realidad de estos acontecimientos, el hecho de que en los paseos que a diario doña Marina realizaba por sus alrededores, ella sentía un arrobador éxtasis que no sabía si atribuirlo a  un milagro de la naturaleza o  a la fuerza del amor que inundó siempre el lugar. Se podría decir que una fuerza bienhechora se había apoderado de aquel patio extraordinario, haciendo que la vida de doña Marina, acompañada por su ama de llaves, transcurriera  rodeada de paz, olvidados los exteriores que alguna vez, pasadas sus penas ― pensaba ella ―,  recibirían su atención. 

      Sin embargo, cuando la primavera de principios de la década del 40 del siglo pasado se asomaba desparramando la vida a borbotones en estos confines del mundo, doña Marina amaneció llena de una energía nueva y sustancial. Se miró al espejo y se reconoció en la plenitud de sus atributos y no sintió ninguna clase de frustración que la hiciera renegar de su soledad; al contrario,  la prodigiosa virtud del espectáculo de la creación, la llenaba ahora de una  sensación de vital alegría. Fue entonces que una suave brisa que, de pronto le acarició las mejillas, se le antojó como la presencia de un ángel travieso que bien podría estar mirándola desde algún rincón de su jardín. Tal era el gozo de su alma que, a la hora del desayuno, llamó a su ama de llaves y le dijo que ese día no almorzaría, que le bastaba con unas frutas y ensaladas; y que para la noche le preparara el baño con diligencia. Leontina conocedora de los gustos de su señora, se lo ordenó con agua de rosas y aceite de cedro, y se preocupó de dejar a su alcance lo mejor de su vestuario íntimo. En la tarde doña Marina se recogió temprano en su habitación, y luego de un baño reparador, se paseó desnuda mirándose detenidamente en el gran espejo de molduras barrocas que cubría la pared frente a su cama;  enseguida se vistió con su desabillé de verde ágata y admiró  su anatomía como un regalo de su linaje; en tanto, había dejado abierta la gran ventana que daba al patio principal donde brillaba contra la inmensidad del cielo, el ánfora con los restos de su marido, a la vez que la acariciaba un aire limpio y sereno sobre las suaves extensiones de su piel. Se palpó los glúteos y se miró el ombligo para seguir con la vista la línea apenas perceptible que bajaba para unirse a la rosa oscura de su bajo vientre. Un estremecimiento llenó sus mejillas de un rubor flamígero para iniciar un viaje al centro del deseo entre las turgencias ardientes de sus senos y las ensoñaciones pubiales;   desde las escápulas temblorosas de su espalda, hasta las calientes erupciones del placer en cada dimensión cúbica de su cuerpo.

         Luego de acostarse en la gran cama de la habitación, de espaldas  contra el cielo, doña Marina sintió el poder de sus piernas y se palpó el pubis, luego se acarició las tremolantes aristas húmedas de su clítoris ardiente y cerró los ojos. Agitados sus senos, conmovidos sus sentidos, de pronto sintió sobre ella, el peso de un afecto viril hecho sombra, tan familiar   como los desbordes de sus antepasados en el delirio del poder. Deslizándose sobre ella, transportada al límite de la diversión, la sombra se abalanzó sobre el reluciente dorado de su humanidad, dispuesta a saciarla como se sacia el deseo animal de la posesión. Enseguida, amantísimo, el ente giró sobre sí mismo y con la certidumbre de un ángel proscrito, alcanzó la cámara del vino para clavarle a ella la bandera suya entre las piernas, que, abiertas como alas de mariposa, temblaron bajo ese goce eterno que los amantes saben que está inscrito en la memoria universal de la libido. Como el frenético andar de un tren llegando a la estación envuelto en vapores, doña Marina exultante, se dejó llevar hasta el andén de losas amarillas que recordaba de niña, y donde antaño, ella solía esperar a Hilarión cuando volvía de la ciudad. De esta copular circunstancia nació más tarde un niño que vino a traer a su madre el sosiego de la plenitud, ante la alegría de la fiel Leontina y el asombro de quienes la conocieron.  







No hay comentarios:

Publicar un comentario