La Patata Tórrida


¿PUEDE HABER EN EL MUNDO ALGO MÁS DESPRECIABLE QUE LA ELOCUENCIA DE UN HOMBRE QUE NO DICE LA VERDAD?
Thomas Carlyle


Arriendo Departamentos en Valparaiso

miércoles, 7 de agosto de 2013


CIENCIA FICCIÓN

Viaje a las estrellas es una narración concebida al amparo de una lectura casual sobre el principio de sincronicidad formulado por el doctor Carl Jung que intenta una respuesta a los fenómenos de la mente vinculados al azar o a las coincidencias en que ésta suele caer. El azar como pauta de concordancia para encausar la mente hacia objetivos fuera de la conciencia ¿Conocen los lectores algo tan loco, fenomenal y sugerente?  Como este mediocre relato fuera ignorado en un concurso de cuentos de ficción, maltratando el orgullo de su autor, éste lo publica aquí en La Patata  con la idea de exorcizarlo para enfrentar futuros intentos en el laberíntico campo de la crítica experta.


Viaje a las estrellas
Gonzalo Ríos Araneda



Nunca antes un mortal había tenido acceso al espectáculo de encontrarse al borde de un agujero negro, desprovisto de toda protección contra la succión letal de una singularidad del espacio. Él podía sentirse orgulloso de representar  al hombre del año 2866 de la era del caballo, según el calendario chino. Nadie hasta entonces había viajado tan lejos fuera de su propio campo G, y nadie lo había hecho en un rango cercano a la velocidad de la luz. Ahora él era un viajero libre del peso de la materia. Estaba impedido de verse las manos y las piernas, ni ninguna otra parte de su cuerpo porque no iban con él. Sólo era una mente  descelularizada navegando en los alrededores del mayor foso gravitatorio u horizonte de sucesos del sistema binario denominado del Halcón, en el centro de la galaxia, a muchos  miles de millones de kilómetros lejos de la Tierra, un punto azul sucio alineado con el insondable Marte de la Vía Láctea.

Eloy se había quedado sentado en su sillón favorito leyendo un comic del hombre araña con los contenidos residuales de su mente. En la plataforma de lanzamiento, sita en el laboratorio de cuarentenas del distrito once de la ciudad de Nueva York del Sur, los científicos habían logrado el difícil enlace hogar-laboratorio sin que el hombre quedara esclavo de una jaqueca que lo invalidara. Desde allí, mediante un simple transvasije  digital, habían asegurado que su mente traspasara incólume el campo magnético de la Tierra. A su regreso, a lo más, podría perder por un tiempo una parte de sus recuerdos. No por nada el proceso de rementación (1) a que había sido sometido con antelación, fue claramente un éxito que dejó contentos a todos, incluyendo a los más recalcitrantes opositores del proyecto.

Mientras viajaba por el cosmos, Eloy tomaba rigurosa nota de todo. Inorgánico, mera mente, en el punto de fricción de su conciencia con el borde del agujero, pudo ser testigo de un espectáculo  que la lejana Humanidad sólo había podido soñar. Una realidad que se hizo posible gracias al principio de sincronicidad de Jung en el siglo XX, a partir de los enlaces físicos de la mente con los sucesos que están fuera de la conciencia. Desde aquel entonces la epopeya científica de llevar una mente humana a los extramuros del Universo duró más de novecientos años. Aquellas sencillas significancias psíquicas junguianas habían permitido trazar las ecuaciones que más tarde liberarían la mente humana de su sujeción al tejido celular, única forma de escapar de la órbita material y dispararla a velocidades inconcebibles (2).

Sin embargo, como toda conquista va siempre acompañada de riesgos y sacrificios heroicos cuyos datos constituirán un acervo científico y cultural para la posteridad, Eloy no pudo escapar a esta regla porque, en la apoteosis de su misión, una pequeña alteración matemática afectó  su conciencia  con una oleada de antimateria. La energía del psiconauta entró en un violento proceso de despresurización que rápidamente cedió sus contenidos pulsares a la totalidad de la nada. Cero, menos, vacío; nonada vacilante.

En la obscena tranquilidad de su casa, un rayo oscuro alcanzó a Eloy, penetró por uno de sus oídos y profundizó su aparato celular hasta convertirlo en un edema purulento que le empezó a salir por un orificio de la nariz. El hombre araña se quedó meciendo sus extremidades, convertido en un murmullo de millones de pulsaciones plasmáticas rojas y azules, como el pijama abandonado de un astronauta.



1. Reagrupamiento de singularidades nemológicas en función de sueños productivos a escala cósmica. Dicho de otro modo: enriquecimiento de la mente para soportar largos períodos de soledad psíquica.
2. La técnica  consiste en provocar una conexión acausal con un suceso físico predeterminado, en base a la creación de coordenadas significativas de carácter cósmico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario