La Patata Tórrida


¿PUEDE HABER EN EL MUNDO ALGO MÁS DESPRECIABLE QUE LA ELOCUENCIA DE UN HOMBRE QUE NO DICE LA VERDAD?
Thomas Carlyle


Arriendo Departamentos en Valparaiso

viernes, 30 de octubre de 2015

El Misterio del Aposentador



Gonzalo Ríos Araneda


Un verdadero mosaico narrativo global, desde el hombre de las cavernas hasta el hombre moderno de todo el siglo XX. 15 narraciones de Pintura Ficción. Está en librerías Antártica, Manantiales, Feria Chilena del Libro, Concepción y Viña del Mar

domingo, 23 de noviembre de 2014

Nota de un viajero anónimo

Autorretrato del autor
1982 óleo sobre tela 46x58 cm.
   
Gonzalo Ríos Araneda

Soy un extranjero. Estoy solo entre desconocidos que ni siquiera sé si realmente existen. Caminan a mi alrededor sin que manifiesten  preocupación alguna, sea  para evitarme, sea para tropezarse insustancialmente conmigo. Decididamente ellos me ignoran. Alguno que me atravesó con su mirada, lo hizo sin detenerse siquiera en la identidad elemental de mi presencia, como hace la luz cuando desnuda las piedras.

Pasan por mi lado sin que se pueda definir el mero hecho de que van a alguna parte. Tal que si tuvieran compromisos propios de gentiles, pululan  con inescrutable obstinación  en los cruces, en las subidas y bajadas, en las entradas y salidas; en los restaurantes y en las plazas. Y lo hacen apenas  sostenidos por una fuerza G que les impide soñar con las estrellas, sujetos como están a la bagatela del vacío, que parece ser su filosofía del estar donde se encuentran.

Caminan solos, aislados, o en combinaciones casuales que se desgranan por doquier, lejos de ellos mismos, ensimismados e intangibles. Entran y salen; o se van y se quedan, caminantes sin destino. Y parece que se anidaran en las estaciones de Metro, porque las llenan de inquietante y frío bullir, semejante a la sorda descomposición de los difuntos.

Sin embargo, un rumor casi imperceptible de goteo cósmico, garantiza  que están dotados de respiraderos de subsistencia, aunque no respondan a la duda de su sustantividad, porque también los  muertos se anidan como moscas en las necrópolis detrimentales, para resolverse en materia orgánica. Pero estos que transitan a mi lado, se aferran a la rutina del estar permanente, porque no quieren morir. Comen, degluten y se acoplan, como si estuvieran condenados a empujar eternamente un peñasco montaña arriba, emulando al  desdichado Sísifo.

Apresuro la marcha anhelando alcanzar la frontera, y suponiendo que no tengo vínculos con ellos.


viernes, 1 de agosto de 2014


Reflexión en el linde



Las musas extremas, óleo del autor, 2014 (gentileza de su dueña Ximena Ríos A).

La paradoja duerme en el tiempo: los hombres viejos llevan las horas como apostando por el estado del juego. Al principio, de jóvenes, quieren que las horas apuren el calendario para alcanzar el poder; al final, de viejos, que se alarguen para alcanzar la esperanza. 

Gonzalo Rios Araneda
  

miércoles, 30 de julio de 2014

El jardín de doña Marina















Gonzalo Ríos Araneda


          Doña Marina había quedado viuda muy joven y llevaba más de tres años viviendo en la soledad de la quinta que le dejó su marido don Hilarión de la Cuadra al momento de su muerte. Situada en el extremo sur del país, la quinta era lo que quedaba de la fortuna de los de la Cuadra. Dato irrelevante si no fuera porque nos informa de la decadencia de una familia típica burguesa de la sociedad chilena de fines de la primera mitad del siglo XX.

          Cuando ya había cumplido los cincuenta años de edad, don Hilarión manifestó ciertos signos de desacomodo social. Esto ocurrió desde el día en que empezó a frecuentar una sociedad secreta que lo alejó irremisiblemente de sus relaciones habituales. Con este vínculo que nunca nadie se preocupó de investigar, se dio inicio al lento deterioro de su  salud mental, a lo que se sumó la inhibición prematura de su sexualidad. Dicen quienes conocieron a la pareja, que don Hilarión era infértil, aunque no pocos sospechaban lo mismo de su esposa; pero lo cierto es que el matrimonio, a pesar de someterse ambos, a tediosos y largos tratamientos de medicina natural, con la esperanza de engendrar un hijo, nunca lo lograron.  En contra de la opinión de sus parientes y por el profundo amor que le tenía a su marido, nunca pasó por la mente de doña Marina volver a casarse; al contrario, guardó penoso silencio y acomodó su libido a la abstinencia con una valentía encomiable, a sabiendas de que su jardinero la miraba con lascivia mientras se desfloraba el durazno que el propio Hilarión, en vida, le entregó en custodia para alegrar a su mujer, sempiterna aficionada a las fragancias de la naturaleza. Después de su  conversión, don Hilarión dejó de asearse con regularidad, se dejó una barba que nunca quiso recortar y empezó a vestir como su jardinero, al que le cambiaba la ropa por la suya. 


          Su desapego fue tan grande por todo lo que le rodeaba, que cayó en melancolía, lo que a la postre lo condujo a la muerte. Falleció a los 53 años de edad, dejando a doña Marina llena de aflicción. Es menester hacer presente que, los restos de don Hilarión fueron reducidos a cenizas, y cumpliendo al pie de la letra un mandato expreso suyo, suscrito, por cierto, cuando aun gozaba de buena salud, estas fueron guardadas en  un pequeño contenedor de amazonita, cuyos brillos verdes, contrastados de estrías amarillas, le daban al ánfora, la extraña sensación fosforescente de estallido lúdico. Fue colocada, de acuerdo a su testamento, en el centro del patio principal de la quinta, más precisamente en un quiosco en forma de pagoda, cuyo techo, agredido por el sol de las mañanas, producía sobre una pared divisoria, una sombra que ondulaba como una serpiente.


        Durante el largo luto que llevó doña Marina, no se le conoció ningún interés que la distrajera de sus cavilaciones, que fue la forma más sublime de rendirle tributo a su marido. Secundada por Leontina, su ama de llaves, se recogía temprano en invierno y nunca muy tarde en verano, salvo cuando recibía visitas importantes que, de tarde en tarde, se asomaban para hacer recuerdos de su esposo.

        Necesario, para redondear con fidelidad esta extraña historia, es informar que el jardinero que le pasaba la ropa a don Hilarión a cambio de la suya, empezó a manifestar también signos inequívocos de alteración de su personalidad,  llegando incluso a insinuar avances indecorosos a doña Marina, quien finalmente debió tomar la decisión de expulsarlo de su casa. Desde ese día, por falta de cuidados, los naranjos y los limoneros empezaron a llenarse de espinas, y el pasto creció desmesuradamente en los alrededores de la casa, terminando por secarse y dándole al lugar una triste apariencia. Pero, según narran algunos vecinos, cuyo único crédito es la unanimidad de sus versiones, el patio principal donde reposaban los restos de don Hilarión, permaneció con sus jardines y sus prados intactos como si fueran atendidos con los mejores afanes del jardinero.  Confirma la realidad de estos acontecimientos, el hecho de que en los paseos que a diario doña Marina realizaba por sus alrededores, ella sentía un arrobador éxtasis que no sabía si atribuirlo a  un milagro de la naturaleza o  a la fuerza del amor que inundó siempre el lugar. Se podría decir que una fuerza bienhechora se había apoderado de aquel patio extraordinario, haciendo que la vida de doña Marina, acompañada por su ama de llaves, transcurriera  rodeada de paz, olvidados los exteriores que alguna vez, pasadas sus penas ― pensaba ella ―,  recibirían su atención. 

      Sin embargo, cuando la primavera de principios de la década del 40 del siglo pasado se asomaba desparramando la vida a borbotones en estos confines del mundo, doña Marina amaneció llena de una energía nueva y sustancial. Se miró al espejo y se reconoció en la plenitud de sus atributos y no sintió ninguna clase de frustración que la hiciera renegar de su soledad; al contrario,  la prodigiosa virtud del espectáculo de la creación, la llenaba ahora de una  sensación de vital alegría. Fue entonces que una suave brisa que, de pronto le acarició las mejillas, se le antojó como la presencia de un ángel travieso que bien podría estar mirándola desde algún rincón de su jardín. Tal era el gozo de su alma que, a la hora del desayuno, llamó a su ama de llaves y le dijo que ese día no almorzaría, que le bastaba con unas frutas y ensaladas; y que para la noche le preparara el baño con diligencia. Leontina conocedora de los gustos de su señora, se lo ordenó con agua de rosas y aceite de cedro, y se preocupó de dejar a su alcance lo mejor de su vestuario íntimo. En la tarde doña Marina se recogió temprano en su habitación, y luego de un baño reparador, se paseó desnuda mirándose detenidamente en el gran espejo de molduras barrocas que cubría la pared frente a su cama;  enseguida se vistió con su desabillé de verde ágata y admiró  su anatomía como un regalo de su linaje; en tanto, había dejado abierta la gran ventana que daba al patio principal donde brillaba contra la inmensidad del cielo, el ánfora con los restos de su marido, a la vez que la acariciaba un aire limpio y sereno sobre las suaves extensiones de su piel. Se palpó los glúteos y se miró el ombligo para seguir con la vista la línea apenas perceptible que bajaba para unirse a la rosa oscura de su bajo vientre. Un estremecimiento llenó sus mejillas de un rubor flamígero para iniciar un viaje al centro del deseo entre las turgencias ardientes de sus senos y las ensoñaciones pubiales;   desde las escápulas temblorosas de su espalda, hasta las calientes erupciones del placer en cada dimensión cúbica de su cuerpo.

         Luego de acostarse en la gran cama de la habitación, de espaldas  contra el cielo, doña Marina sintió el poder de sus piernas y se palpó el pubis, luego se acarició las tremolantes aristas húmedas de su clítoris ardiente y cerró los ojos. Agitados sus senos, conmovidos sus sentidos, de pronto sintió sobre ella, el peso de un afecto viril hecho sombra, tan familiar   como los desbordes de sus antepasados en el delirio del poder. Deslizándose sobre ella, transportada al límite de la diversión, la sombra se abalanzó sobre el reluciente dorado de su humanidad, dispuesta a saciarla como se sacia el deseo animal de la posesión. Enseguida, amantísimo, el ente giró sobre sí mismo y con la certidumbre de un ángel proscrito, alcanzó la cámara del vino para clavarle a ella la bandera suya entre las piernas, que, abiertas como alas de mariposa, temblaron bajo ese goce eterno que los amantes saben que está inscrito en la memoria universal de la libido. Como el frenético andar de un tren llegando a la estación envuelto en vapores, doña Marina exultante, se dejó llevar hasta el andén de losas amarillas que recordaba de niña, y donde antaño, ella solía esperar a Hilarión cuando volvía de la ciudad. De esta copular circunstancia nació más tarde un niño que vino a traer a su madre el sosiego de la plenitud, ante la alegría de la fiel Leontina y el asombro de quienes la conocieron.  







miércoles, 7 de agosto de 2013


CIENCIA FICCIÓN

Viaje a las estrellas es una narración concebida al amparo de una lectura casual sobre el principio de sincronicidad formulado por el doctor Carl Jung que intenta una respuesta a los fenómenos de la mente vinculados al azar o a las coincidencias en que ésta suele caer. El azar como pauta de concordancia para encausar la mente hacia objetivos fuera de la conciencia ¿Conocen los lectores algo tan loco, fenomenal y sugerente?  Como este mediocre relato fuera ignorado en un concurso de cuentos de ficción, maltratando el orgullo de su autor, éste lo publica aquí en La Patata  con la idea de exorcizarlo para enfrentar futuros intentos en el laberíntico campo de la crítica experta.


Viaje a las estrellas
Gonzalo Ríos Araneda



Nunca antes un mortal había tenido acceso al espectáculo de encontrarse al borde de un agujero negro, desprovisto de toda protección contra la succión letal de una singularidad del espacio. Él podía sentirse orgulloso de representar  al hombre del año 2866 de la era del caballo, según el calendario chino. Nadie hasta entonces había viajado tan lejos fuera de su propio campo G, y nadie lo había hecho en un rango cercano a la velocidad de la luz. Ahora él era un viajero libre del peso de la materia. Estaba impedido de verse las manos y las piernas, ni ninguna otra parte de su cuerpo porque no iban con él. Sólo era una mente  descelularizada navegando en los alrededores del mayor foso gravitatorio u horizonte de sucesos del sistema binario denominado del Halcón, en el centro de la galaxia, a muchos  miles de millones de kilómetros lejos de la Tierra, un punto azul sucio alineado con el insondable Marte de la Vía Láctea.

Eloy se había quedado sentado en su sillón favorito leyendo un comic del hombre araña con los contenidos residuales de su mente. En la plataforma de lanzamiento, sita en el laboratorio de cuarentenas del distrito once de la ciudad de Nueva York del Sur, los científicos habían logrado el difícil enlace hogar-laboratorio sin que el hombre quedara esclavo de una jaqueca que lo invalidara. Desde allí, mediante un simple transvasije  digital, habían asegurado que su mente traspasara incólume el campo magnético de la Tierra. A su regreso, a lo más, podría perder por un tiempo una parte de sus recuerdos. No por nada el proceso de rementación (1) a que había sido sometido con antelación, fue claramente un éxito que dejó contentos a todos, incluyendo a los más recalcitrantes opositores del proyecto.

Mientras viajaba por el cosmos, Eloy tomaba rigurosa nota de todo. Inorgánico, mera mente, en el punto de fricción de su conciencia con el borde del agujero, pudo ser testigo de un espectáculo  que la lejana Humanidad sólo había podido soñar. Una realidad que se hizo posible gracias al principio de sincronicidad de Jung en el siglo XX, a partir de los enlaces físicos de la mente con los sucesos que están fuera de la conciencia. Desde aquel entonces la epopeya científica de llevar una mente humana a los extramuros del Universo duró más de novecientos años. Aquellas sencillas significancias psíquicas junguianas habían permitido trazar las ecuaciones que más tarde liberarían la mente humana de su sujeción al tejido celular, única forma de escapar de la órbita material y dispararla a velocidades inconcebibles (2).

Sin embargo, como toda conquista va siempre acompañada de riesgos y sacrificios heroicos cuyos datos constituirán un acervo científico y cultural para la posteridad, Eloy no pudo escapar a esta regla porque, en la apoteosis de su misión, una pequeña alteración matemática afectó  su conciencia  con una oleada de antimateria. La energía del psiconauta entró en un violento proceso de despresurización que rápidamente cedió sus contenidos pulsares a la totalidad de la nada. Cero, menos, vacío; nonada vacilante.

En la obscena tranquilidad de su casa, un rayo oscuro alcanzó a Eloy, penetró por uno de sus oídos y profundizó su aparato celular hasta convertirlo en un edema purulento que le empezó a salir por un orificio de la nariz. El hombre araña se quedó meciendo sus extremidades, convertido en un murmullo de millones de pulsaciones plasmáticas rojas y azules, como el pijama abandonado de un astronauta.



1. Reagrupamiento de singularidades nemológicas en función de sueños productivos a escala cósmica. Dicho de otro modo: enriquecimiento de la mente para soportar largos períodos de soledad psíquica.
2. La técnica  consiste en provocar una conexión acausal con un suceso físico predeterminado, en base a la creación de coordenadas significativas de carácter cósmico.

jueves, 2 de mayo de 2013


Secreto otoñal

Mujer de la piel desnuda,
En tu silencio
Yo me muero
Autor: Gonzalo Ríos Araneda
Dibujo del autor





HAIKU. De la literatura japonesa. Poema corto de 17 sílabas distribuidas en tres versos. Alcanzó su desarrollo actual en el siglo XV y debe su nombre al poeta Shiki (1867-1902). Flash descriptivo que ilumina un instante casi siempre dirigido a la naturaleza, como una percepción de la sabiduría zen.


sábado, 23 de marzo de 2013

De cómo nuestros descendientes nos pueden enseñar a vivir.

"Piensa siempre en lo que puede pasar. Así podrás moldear tu futuro. Si algo sale mal, entrégate, discúlpate, paga o aprende de tu error.A la inversa, perdona, entiende y aprende de los errores de otros, te afecten o no".

                             Rodrigo Najle Ríos


Pensamiento de mi nieto Rodrigo Najle Ríos, bajo el peso de una experiencia escolar. Estudiante serio y responsable. Músico y poeta natural, estudia en el colegio Alcántara de la Cordillera, en La Florida, y cursa el Primer año Medio. Nació un 8 de mayo de 1999 y su impronta es la reflexión.

jueves, 21 de febrero de 2013

Canción a una Muchacha Ajedrecista Muerta



In Memoriam : Macarena Baráibar
De Miguel Arteche, chileno, Premio Nacional de Literatura 1996

No conocí a Macarena. Sólo sé que fue una promesa del ajedrez, y que alguna vez ganó no sé cual torneo oficial del ajedrez chileno. La conocí más bien a través del maestro René Letelier, quien tuvo el propósito de incluir en alguno de sus libros, la canción que su amigo Miguel Arteche  le dedicó después de su muerte; porque ella murió en un parto prematuro a la edad de 22 años. Era una muchacha hermosa y cristalina. Nació el 26 de octubre de 1961 y vivió hasta el 27 de enero de 1982. Pereció de repente – de muerte injusta – como espora aventada por una brisa estival, y el poeta la abrigó con su espíritu después de muerta. Tal vez la divisé alguna vez jugando en el club Chile. Sólo que en la década del ochenta yo casi no frecuentaba sus salones.


Llueve sobre el verano del tablero
En blanco y negro llueve sobre ti.
Nadie controla tu reloj ; te espero para jugar allí.

¿Tú mueves o yo muevo? Quién lo sabe.
Quién sabe si allá juega o juega aquí.
De pronto tu tablero es una nave
Que te lleva y nos lleva hacia el jardín,
Hacia un jardín remoto de caballos
que inmóviles nos miran, y a un alfil
que ,negro lanza rayos, rayos, rayos,
y hace mil años que está de perfil.
 
Hacia un jardín remoto de tres torres

donde una dama blanca va hacia ti,
te llama a ti, y tú hacia ella corres
y no hay en ella fin.

Donde un peón ha roto ya los sellos
y te ciñe las sienes de marfil,
y un rey recoge ahora tus cabellos
para cubrir con ellos su país.

Hacia un jardín remoto al mediodía

donde el agua se tiende en su dormir
y ya no hay sed y nunca hay todavía
y hay un árbol de sol en el jardín.

Sólo que tú no estás. Y está la luna
cayendo interminablemente en el jardín
sobre las soledades de una cuna.
Y hay olor de silencio y de partir.


martes, 4 de septiembre de 2012

EL ARTE DE ESCRIBIR NOVELA


Sobre la falsedad y verdad de un enfoque literario

Gonzalo Ríos Araneda


Hace algunos años tuve la oportunidad de cruzar opiniones con un escritor frustrado que pasó toda su vida anhelando ver editadas sus novelas, y de sentirse orgulloso de mirar su nombre escrito con letras de molde en las principales vitrinas literarias del mundo. Aunque este amigo mío era un hombre muy rico, su desafío fue siempre publicar por sus méritos y no por su dinero, decisión que lo fue despojando de posibilidades a medida que pasaba el tiempo y se iba poniendo viejo. Su encomiable posición ética, la revalidó constantemente, mientras devoraba cuanta publicación, historia o testimonio le diera luces para romper ese muro infranqueable del fracaso. Así, un día cualquiera cayó en sus manos un librito donde un señor sostenía, sin ambages, que escribir novelas era lo más fácil del mundo, y que bastaba con tener la voluntad de escribirlas. Sus teorías las había vertido en un pomposo ensayo -muy difundido-, que, sin ir más lejos, lo convirtió en un hombre rico, quizá más rico que mi amigo, y todo gracias a la proverbial sandez de los incautos que están dispuestos a dejarse engañar con tal de tener al éxito como amante. El famoso texto dejó a nuestro hombre más deprimido que de costumbre y con las mismas dudas, puesto que sin saber interpretar nunca donde yacía la debilidad de sus presunciones literarias, abandonó su lectura y odió la pedantería más que nunca.

Ante la situación descrita, y convencido de que mi primera obligación era sacar de su depresión a mi amigo, procedí a calmarlo con una buena conversación, lo que me pareció en ese momento una adecuada estrategia distractiva. Entre otros recursos le conté la historia del escritor narcisista que saludándose en la calle con un conocido al que no había visto en mucho tiempo, le dijo a éste después de un rato: “Perdona, ya hemos hablado bastante de mí, es hora de que sepamos algo de ti ¿ya leíste mi último libro?” Para sorpresa mía, y contrariando mis expectativas, él ni siquiera se dignó a esbozar una miserable sonrisa; al revés, me pareció que se sintió perfectamente representado en la víctima de tan singular diálogo. Después de este incidente, y algunos meses más tarde, mi amigo murió; y yo, a partir de ese día, me hice el deber de abrirle los ojos a las nuevas generaciones de aprendices de escritores, por lo que me propuse descubrir las debilidades del discurso del falsario, que seguía vendiendo su ganga como verdadero best seller (que escribir novelas es lo más fácil que hay), y así dar libre curso a la demostración que me propongo formular aquí. Que escribir novela es un acto de mansedumbre ante el dolor y de gobierno responsable de la experiencia personal.

Entonces, premunido del mismo prurito literario del lector o lectora que me regala con su atención, y convencido como estoy de que confrontar mis puntos de vista con aquel mistificador, sería un gesto altamente beneficioso para la cabal comprensión del problema; y deseoso de demostrar la ruindad de aquel autor, acometí cual lancero de la Mancha, contra los argumentos esgrimidos en su famosa probatura.

Bien, en ésta, él hace un raciocinio escalonado para demostrar cuán fácil es escribir una novela; y en el mismo tono que hubiese empleado Sócrates en una situación semejante, deduce, de un acierto preconcebido, una consecuencia que da como cierta. Así, afirma que, para escribir una novela, hay que tener una buena historia, lo que de cierto, es de Perogrullo. Sin embargo, bajando un escalón, afirma que para tener una idea interesante hay que tener imaginación. Otra perogrullada, si aceptamos que la imaginación es condición sine qua non para inventar historias. En seguida, bajando un nuevo peldaño, sostiene que, para tener imaginación hay que tener experiencia. Deduzco que se refiere a que hay que conocer bien de lo que se está hablando, pero allí la imaginación tiene poco o nada que ver, porque ella es un atributo que está libre de impuestos: Julio Verne no viajó a nuestro satélite natural ni se codeó con astronautas para escribir Un Viaje a la Luna; el Dante tampoco tuvo que bajar al infierno, o pernoctar en el purgatorio para escribir La Divina Comedia.

Por último, y como corolario de sus divagaciones, este hombre asegura que para tener experiencia, hay que haber vivido bastante; y que para vivir bastante, se necesita dinero. ¡Vaya! ¿Qué habrá pensado mi amigo fallecido al leer estas líneas? Como el lector o lectora avisados podrán sospechar, no puedo estar más en desacuerdo con su autor, porque tener dinero no le asegura a un hombre alcanzar la sabiduría que da la vida misma, vivida en plenitud, con sus altibajos, sus alegrías y sus penas. A lo más, el dinero alcanzará para adquirir conocimiento, nunca experiencia vital; porque ésta se logra mordiendo el polvo, palpando la miseria, llorando de amor o por la pérdida de un ser querido. Con dinero no se compra la inmortalidad. Y si nos detenemos a pensar que, entre los hombres ricos de las sociedades modernas es difícil encontrar un escritor, un soñador o un poeta, pronto caeremos en la cuenta de que no hay mejor escuela para un artista que el dolor y la escasez. Amén.

miércoles, 11 de julio de 2012


ENSAYO:   EL JUEGO DE AJEDREZ,  DISCIPLINA PARA EL DESARROLLO.
Gonzalo Ríos Araneda 
(Derechos Reservados)




Este ensayo viene a proponer al cuerpo social en general, a la familia en particular y al Estado político en singular, hacer suyo el juego del ajedrez por sus virtudes pedagógicas, como una herramienta de crecimiento que, a su través, y mediante gestión pública y privada, aporte al mejoramiento de la calidad de la educación para todos los niños y niñas de nuestra región. 

Convertir su práctica en un hábito más allá de como está incorporado a la cultura humana el placer de la buena lectura o el disfrute del espectáculo  de la creación estética. Con este propósito no sublimará en el juego una complejidad que siendo relativa, es connatural a su arquitectura gnoseológica. Tampoco se hará eco del enigma que rodea su origen, lo que habría llevado a dudar de que sus inventores hayan sido de nuestra raza, puesto que no hay noticia del nombre de su autor en ninguna oficina de ayuntamiento de los tiempos antiguos, ni de notaría alguna en tiempos menos remotos; tampoco existen  referencias históricas de ceremonias y agasajos para su inventor, lo que a la luz del conocimiento vulgar sería un contrasentido, ya que el hombre nunca desperdició una  oportunidad para ganar fama o congraciarse con los demás. En igual sentido, este ensayo no pretende suponer enrevesadas teorías, tales como que, el procesador denominado juego de ajedrez permite activar con carácter de “singularidades” una memoria universal y unos dispositivos que convergen hacia valores infinitos; o que, es una especie superlativa de computadora cuyo software es un arquetipo mental en reposo gozoso de silencio, antes de la entrada, y de movimiento sustancial hasta la salida.

 De igual manera, aceptando que, al poseer una interfaz de significancia universal, el ajedrez es una misteriosa máquina de representar realidades múltiples con la cualidad de homologarse con otras actividades, no nos haremos cargo de la idea de que, cual un espejo, su hardware contiene al revés, los 46 cromosomas del cuerpo humano en el guarismo 64, lo que  invitaría a pensar que efectivamente el ajedrez vendría de las estrellas. Pero, no se trata aquí de esoterizar el juego del ajedrez y desviarnos por ello de nuestro objetivo. El plan es mucho más sencillo, más profano y práctico. 


Por lo pronto, observamos que en el ajedrez de competencia prevalecen los hombres, pero las mujeres llegan  a conformar hoy una elite de grandes jugadoras que no le van en zaga, ni en calidad ni en entusiasmo. Es una de las tantas respuestas de la mujer para lograr la igualdad y el empoderamiento como género. Por eso nos cabe la certeza de que con ellas y el apoyo de la autoridad pública, el ajedrez superará cotas importantes de aceptación.



Con este propósito abordaremos los significados que están latentes en la filosofía del juego, asociados a los tres objetivos fundamentales de la cultura  como son la finalidad lógico matemática, la socio cultural, y la finalidad ética, estrechamente asociada esta última al potencial desarrollo espiritual del niño, con cuya presencia,  y sólo a partir de ella, será posible abordar el juego del ajedrez como una herramienta educativa a nivel masivo. No en vano sus contenidos están en perfecta armonía  conceptual con el  Informe a la Unesco[i] de la Comisión Internacional sobre la Educación para el siglo XXI, cuando planteaba que los cuatro pilares de la educación son el aprender a conocer, el aprender a hacer, el aprender a convivir y  el aprender a ser. Esto, porque el aprendizaje del juego le  entrega al niño  una competencia lúdica que le permite intuir las exigencias del medio en que se desenvuelve, acrecienta su iniciativa y su capacidad de asumir riesgos. Porque lo dota de certezas en el aprender a conocer.  Lo hace valorar la diferencia, y  aprender a ponerse en el lugar del otro, estimulando el respeto y las formas no violentas de comunicarse y competir; el pluralismo, la comprensión y la paz, en el aprender a convivir. Por último, el ajedrez contribuye al progreso integral de los niños porque agudiza la sensibilidad social y estética, la espiritualidad y la responsabilidad individual en el aprender a ser. Por algo la misteriosa antigüedad y pertinaz presencia del ajedrez  en la vida humana.  Aquesto, dicho sin que nos tiemble el tablero ni que el rey pierda el enroque.



Como ya dijimos, el ajedrez  es susceptible de concebirse como un simulador de realidades, toda vez que permite crear analogías con diversas disciplinas de la cultura humana y explorarlas con fines didácticos en unos procesos transversales de enseñanza.

El aprendiz de ajedrez estudia su técnica en paralelo con un programa de contenidos culturales fijado por una comisión docente. Por ejemplo, el tema de la globalización y el dominio de los mercados abiertos en un programa de economía política, se acomete determinando el influjo decisivo que tiene en éste, el fenómeno del cambio tecnológico. Luego, descubrimos que éste es una variable del mundo moderno anclado en los mercados abiertos, esclavo de la tecnología y del ritmo vertiginoso de la acumulación de conocimiento; que por eso, los países luchan por modernizar su educación y lo hacen reformulando sus estrategias para no ser desbordados por el cambio. Entonces, es aquí donde interviene el ajedrez; y esto, porque el juego contiene las acciones que requiere el hombre para enfrentar el cambio: capacitación permanente, planificación, intuición y flexibilidad para asumir el riesgo y enfrentar la innovación. Desde luego, la analogía del ajedrez con el mercado moderno, reconoce en el tablero de 64 casillas el escenario del mercado, donde los jugadores son las empresas que se lo disputan. Allí se fijan estrategias, se planifica y se corren riesgos. De esta manera, se van definiendo las verdaderas fuerzas del espacio que se conquista, hasta que  empieza a prevalecer el desarrollo, la experiencia y el conocimiento, imponiéndose al final, la habilidad estratégica y táctica; y por cierto, la capacitación técnica y teórica, que son  requisitos para mantenerse vigentes en la plaza. Luego, el dominio del mercado se revela con la victoria y el abandono con la derrota. Y cuando se acuerdan las tablas, ambos se hacen fuertes en nichos equivalentes, alcanzando el equilibrio como consecuencia.


Antes de concluir puntualizaremos que aquí no se acaban las posibilidades temáticas del proceso en cuestión. También están las relativas a los desarrollos históricos, cívicos, sociales y deportivos, donde el ajedrez es capaz de mostrarse  tan asertivo como iluminado, especialmente cuando se busca internalizar en la mente del niño valores esenciales, como la idea de la justicia y la solidaridad. O la idea de la paz, que coexiste en la ficción del tablero, sublimando el poder del pensamiento en un proceso catártico capaz de reducir  la violencia a estados razonables de control. O cuando nos lleva a sumergirnos en aspectos de índole psicológica o filosófica, como la eterna oposición del individuo realista vs el individuo idealista,  dos naturalezas que han venido oponiéndose desde sus orígenes en un tête-à-tête que puede convertir el tablero de ajedrez en el diván de un psicoanalista. 

Tales son algunas de las ideas que trascienden el juego. Por cierto que no podemos afirmar que, en razón de estas potencialidades, el ajedrez sea una entelequia milagrosa,  pero sí, que es un juego que puede habituar a un hombre y a una mujer, desde pequeños, a tomar las mejores decisiones para beneficio de su realización personal. Sea.


[i] Castillejo, 1994;Delors,1997







 1] Castillejo, 1994;Delors,1997

sábado, 23 de junio de 2012

VARGAS LLOSA Y LA ALTA CULTURA




Este artículo fue publicado por primera vez el 7de mayo de 2012 en elquintopoder.cl

En la presentación  de su ensayo “La civilización del espectáculo”, acaecida en el mes de mayo del 2012, en el instituto Cervantes de Madrid, el premio Nobel, Mario Vargas Llosa, en una suerte de idealización de la Alta Cultura, y a contrapelo de la realidad histórica, afirma que su defensa está ligada a la preocupación por la democracia.  Por consiguiente, que la AC  “es inseparable de la libertad” y que es fuente de inconformismo, lo que le permitiría al hombre “defenderse de los totalitarismos, del sectarismo y de los dogmas”. Tal apreciación del pensamiento creador a través de las letras y de las artes, que en último término constituye la Alta Cultura, nace del convencimiento del autor de que la cultura “se ha adulterado” y está invadida por la frivolidad, en lo que hoy se conoce como la Cultura de la Diversión. Por cierto, no se equivoca, ya que la cultura de la diversión marca un deterioro de la ética, y un abandono del sueño humanista en pos del hombre integral; y que, llena de cinismo, se incorpora sin ambages a la fiesta de la banalidad. Sin embargo, en lo medular, nos interesa aquí desnudar de falacia los argumentos del insigne escritor peruano que acotan la AC a formas de liberación política y social de dudosa credibilidad, puesto que toda la Historia del hombre así lo confirma. Dice Vargas Llosa que “… la violencia está muy presente en nuestra sociedad”, y eso se puede atribuir al “desplome de la alta cultura”, sin embargo, los porfiados hechos demuestran lo contrario. La violencia estuvo con el hombre desde siempre y la alta cultura siempre se originó y se fortaleció con el poder, Se puede decir que  es el resultado del ocio  que engendra la riqueza y el bienestar, y al cual sólo tiene acceso una minoría muy restringida de la sociedad.  En el Paraíso terrenal, el hombre perdió la paz a costa del poder cuando se hizo del conocimiento y un ente ultrarrealista le ofreció la “libertad” (“ y seréis como dioses” les dijo), anunciando así la entronización de la violencia y las luchas por el poder que, sin respiro alguno, serían la constante de las acciones humanas a través de toda la historia de la Humanidad. Para confirmarlo, basta remitirse a dos etapas históricas trascendentales donde la AC no fue capaz de evitar la violencia, el saqueo y el abuso de poder, aún a despecho del esfuerzo de algunos de sus protagonistas por subvertir esa realidad. La primera, en pleno Siglo de Oro español que, coincidente con el descubrimiento de América y la consiguiente explotación de sus habitantes, propició la paz interna y el desarrollo económico de la Metrópoli. Mientras el hombre español descubría y avasallaba civilizaciones, la AC se revelaba como un bien sólo disfrutable para los hijos de España mediante el empobrecimiento y el sometimiento de otras culturas.

El segundo ejemplo lo podemos fijar en pleno siglo XX durante el colonialismo europeo en África, donde el invasor se resistió a perder sus dominios a costa de miles y miles de muertos en un afán enfermizo por sostener los beneficios que ello le significaba, entre ellos una rica y sofisticada AC, orgullo de los imperialismos europeos. Basta con mencionar el caso de Francia y Argelia de los tiempos de De Gaulle, que constituyó la más cruenta y violenta reacción del colonialismo europeo contra una nación de ultramar. Aunque es cierto que muchos intelectuales abogaron por su liquidación inmediata, el botín y el significativo desarrollo de sus culturas, eran razones suficientes para responder a sangre y fuego a  las pretensiones libertarias de las naciones cautivas, demostrando con esto su incapacidad de sostener la paz y la libertad, y cumpliéndose aquello de que la AC  floreció allí donde el hombre conquistó y depredó al más débil, incluso,  aduciendo afanes solidarios, palabra clave que pasa por ser hoy, la llave de las verdaderas transformaciones para alcanzar la libertad. Tampoco se puede olvidar que cuando la AC estaba en su cenit y el hombre disfrutaba de su serenidad y se regocijaba de la paz, sobrevinieron las guerras más sanguinarias de la Historia moderna. Sin ir muy lejos, en 1937 ocurrieron los brutales e ignominiosos crímenes de Nankín, en China, a manos del ejército imperial del Japón, una de las culturas más viejas de la Tierra; o la ocurrencia dos años después, de la Segunda Guerra mundial y su secuela de millones de muertos en la cultísima Europa, y curiosamente, con las demenciales fantasías wagnerianas del poder que la desató. Esto demuestra que las observaciones del Premio Nobel no son más que la expresión de un idealismo exacerbado por su pasión como creador y diletante, ya que el autor intenta sublimar la AC tratándola como si fuera un producto al alcance de todos, olvidando su obligado perfil elitista. 

Finalmente, y confirmando el carácter idealista de sus puntos de vista, el escritor peruano cae en el mismo subjetivismo ilusorio con que analiza  las virtudes de la AC al sostener que, para contrarrestar el egoísmo y la soledad que crea el Capitalismo, los hombres deben llevar una vida cultural que llene en plenitud aquel vacío espiritual. Lo dice como  invitando a la evasión, lo que inevitablemente nos lleva a concluir que se trata de una visión demasiado condescendiente con la realidad.








sábado, 24 de marzo de 2012

DESNUDOS VESPERALES


Autor: Gonzalo Ríos Araneda
Una instantánea de los elementos en medio de la verdad natural, segunda Mención Nacional Concurso Trofeo El Memorioso 2011 del Movimiento Poetas del Mundo, Castro, Chiloé.

EVA DESNUDA

Mira como se columpia el viento,
mientras la resaca se desdobla,
como arlequín dispuesto a morir de amor
en un abrir y cerrar de las olas.

Mira como se desborda el agua,
Para  que el rayo la fecunde en la tormenta;
y cómo el trueno amenaza a la nieve,
deseosa de bajar por la ladera a besar a la llanura
que la espera alborotada al terminar la tarde.

Mira como sufre la montaña
que mil chasquidos de fuego la incomodan,
y envidia al ventisquero que copula con la brisa.
  
Mira como de celos se muere el granizo
que no alcanza a besar la tierra
porque la lluvia la besó primero.

 Mira como se alborotan los elementos
cuando Eva corre por el llano,
desnuda buscando a la ventisca.

Y mira como viene el hombre,
afiebrado de deseo a robarle a Dios.


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Explorando una salida soberana al mar para Bolivia

8 de febrero de 2012 15:11
Los tiempos que corren lo reclaman. Es la hora de iniciar conversaciones concretas entre Chile, Perú y Bolivia para que ésta última acceda definitivamente, y en forma soberana, al mar Pacífico. Conversaciones no ya del modo bilateral, puesto que esa forma de relación ha demostrado conducir a ninguna parte, como lo comprobó Bolivia en 132 años de riguroso empeño. Su aspiración es conseguir un corredor bajo su plena soberanía, de unos 10 kilómetros de ancho que, extendido desde su frontera con Chile, alcanzaría unos 160 kilómetros del actual territorio chileno.
Para hacer realidad acuerdos como este, que inevitablemente deben pasar por Arica, se requirió siempre el visto bueno de Perú. Es decir, hoy, para solucionar el problema, se necesita deshacer el intríngulis creado ex profeso por el tratado de 1929, en que Chile habría puesto un candado al mar para Bolivia y dejado las llaves en manos de Perú, con la presumible intención de ambos de mantener en punto muerto el actual estado de cosas.
Una solución original y realista exige crear y explorar condiciones prácticas y jurídicas que los involucren a todos, como sería una cesión territorial de doble finalidad, con compensaciones equivalentes para Chile, la que podemos denominar “cesión abierta de territorios acordada tripartitamente”. Un arreglo a la medida de un vecindario de relaciones muy poco ortodoxas.
En el estratégico patio de esta parte de América del sur, conviven en la desconfianza un perro, un gato y un ratón. Son Chile, Perú y Bolivia, que conforman una tríada de Estados hermanos, cuyos desencuentros hacen que esta animalización, sin ser peyorativa, dibuje meridianamente, el paisaje psicológico de este verdadero drama americano.
Entre 1904 y 1929 el gato astuto se quedó con la llave de aquel candado y el perro con el problema, mientras el ratón, deseoso de saltar al mar, se quedó con un precario permiso de libre tránsito. Por eso hostiga al perro para que obligue al gato a soltar la llave, y con ella alcanzar el anhelado enclave marítimo. El ratón, perseverante, ha reconocido en los actuales tiempos su oportunidad para saltar al mar. Son horas de superación de los prejuicios y las injusticias; de respeto por los derechos humanos y culturales de las sociedades; tiempos de espacios abiertos y comprensión del otro como hermano para alcanzar el desarrollo. Por eso, el perro, firme en su liderazgo, está dispuesto, como lo demostró en el pasado, a buscar una solución, y el gato acecha para no sentirse perjudicado, ante la eventualidad de un arreglo entre el perro y el ratón, en tanto, éste amenaza, sin destino posible, golpear las puertas de la justicia global ¿Qué hacer?
No en vano, el gato –con el tratado de 1929 debajo del brazo– sostiene enfático: “No puedo ceder en algo que era mío, es decir, no puedo aceptar que el ratón recupere territorio a mis expensas, por eso tengo la llave del patio que me protege el orgullo y mi derecho a soñar”. El perro en cambio, argumenta: (a sabiendas de que no tener la llave del patio sólo le da una operatividad relativa): “El ratón tiene plena libertad para asomarse al mar y practicar comercio; luego, continuaré perseverando en ofrecer soluciones al ratón”. Y el ratón dice: “necesito convencer al gato para que apruebe mis negociaciones con el perro. Entonces aceptaría el canje de territorios que propone el perro, de los cuales estoy dispuesto a entregarle una parte al gato, previo acuerdo tripartito de todos los involucrados”. He aquí en teoría, desatado el nudo que estrangulaba la integración.
La solución, entonces, yace en la recurrencia a las compensaciones territoriales, en la que Bolivia deberá ceder el equivalente de los territorios que Chile le otorgue al norte de Arica, en tanto (novedad absoluta de esta moción), mediante un pacto de acuerdo tripartito original, le entrega al Perú parte de lo cedido por Chile, como una forma de resarcirlo, puesto que –leyendo los sentimientos de ambos– Perú siente como suyos los territorios perdidos en la guerra del Pacífico; y de paso, Bolivia pagaría aquella deuda ética que asumió con el Perú al abandonarlo apenas iniciado el conflicto. Todo dependerá entonces, de cómo Bolivia asuma el sacrificio de cargar con el peso del pasado; y de cómo valore una oferta que la pone ante el desafío más grande de su historia.
Luego, cartografiando la solución, Bolivia fija límites costeros con Perú por el norte y con Chile por el sur, en tanto le cede a éste, territorios al suroeste del altiplano, equivalentes en su totalidad a los cedidos por Chile, sin perjuicio de explorar otras variables. Así, en el pleno ejercicio de su soberanía, Chile procede a legitimar un acuerdo de trascendentales consecuencias, con la convicción de haber aportado a la paz y a la integración latinoamericana en forma generosa, justa y creativa, sin ceder un ápice en sus derechos históricos y jurídicos. ¿Por qué no? 

Una vileza histórica, a propósito de Krasnoff y Rojas

27 de noviembre de 2011 11:02 
En una apología del terrorismo de Estado, el columnista del El Mercurio, señor Gonzalo Rojas, sostiene que el caso Krasnoff viene a responder a  una necesidad, cual es, que haya conciencia histórica de que los muertos, desaparecidos y torturados por el Estado terrorista de Pinochet  lo fueron por el bien de Chile. Esta falaz y cobarde afirmación revalida la postura de que la violencia fue anterior al golpe de estado de 1973 y tuvo caracteres sistémicos, lo que preparó el odio irracional de la dictadura. Omite por cierto, el asesinato del general Schneider, en un intento por desbaratar el ascenso al poder de Salvador Allende, en octubre de 1970. Claro, porque para la derecha había violencia en la imposición de la reforma agraria, en  la nacionalización del cobre, o en la estatización de las empresas estratégicas como el agua y la electricidad. Era violencia desafiar al Estado convocando  huelgas para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, y para eso, los militares estaban preparados, como afirma con sublime bajeza, el señor Rojas.
Preparados, por ejemplo, para ametrallar a 3 mil personas, entre trabajadores, mujeres y niños, aquella tarde de diciembre de 1907, que pedían mejoras laborales en la escuela Santa María de Iquique. Con esta falacia, la derecha congela la historia, y haciéndose propicia víctima, se opone a los cambios, aún en un contexto donde  el desarrollo de avanzados criterios filosóficos, fueron poco a poco expurgando los prejuicios que los frenaban. En los sesenta, la Humanidad se debatía en una lucha cruenta por la libertad y el desarrollo de los pueblos, en múltiples escenarios, como la guerra del Vietnam, la revolución cubana, la revolución de las flores en Francia y los movimientos estudiantiles europeos, que exigían más participación, más derechos y libertades. En el caso chileno, la corriente de transformaciones fluía desde los partidos del centro y de la izquierda. Léase Partido Demócrata Cristiano y partidos Socialista y Comunista que intentaron introducir los cambios por la vía democrática.
Cambios profundos, que como la reforma Agraria durante el gobierno de Frei Montalva, recibió  el rechazo cerrado y violento de la derecha. Ahora, en cuanto a los próceres que el destino de la Nación instaló en el gobierno, se puede sostener que la figura de Allende, epígono de la tragedia chilena, nunca representó la heredad política de Stalin, como lo insinúa la derecha, ni remotamente. Tampoco representaba el comunismo en la polaridad fascismo y comunismo; por el contrario, representaba a las masas democráticas en la  antítesis  capitalismo v/s  socialismo. Por ello, resulta asaz interesante, abocarse a la reflexión de Herman Hesse sobre esta polaridad. En carta al señor R.H., de Munich, el 3 de febrero de 1950, refiriéndose al tema del nacional-socialismo y al terror rojo, manifiesta: “Todos nosotros, los que sobresalimos por un grado del nivel medio de la gente, aborrecemos el terror en cualquiera de sus formas y en cualquiera de sus formas abominamos de la dominación violenta del hombre; pero, no obstante, no debemos arrojar en un mismo cajón a Hitler y a Stalin, o mejor dicho, al fascismo y al comunismo. El ensayo fascista es retrógrado, inútil, insensato y vil; el intento comunista, empero, es un ensayo que la Humanidad debía llevar a cabo y que pese a su triste aferramiento a lo inhumano, habrá de ser realizado una y otra vez, no para llevar a término la necia dictadura del proletariado, sino algo semejante a la justicia y la fraternidad entre burguesía y proletariado.” (1) Y no se trata aquí de una opinión sesgada, puesto que Hesse era radicalmente opuesto a toda clase de violencia política que pretendiera arrasar con la democracia, de hecho, fue puesto fuera de la ley durante la dictadura de Hitler. Así, Hesse no se equivoca, y produce un singular acierto de comprensión filosófica y política para las generaciones actuales. Y de paso nos aclara que la mayor y más cruel de las violencias, es la que nace del odio irresponsable que degrada la verdadera convivencia democrática.

(1)  Cartas. Hermann Hesse. Obras completas t. IV, ediciones Aguilar, col. Premios Nobel, 1967, pág.752.